En las entrañas del 9-11
Por Mario Alegre Barrios / malegre@elnuevodia.com

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El actor puertorriqueño Armando Riesco tiene un destacado papel en “'World Trade Center”, filme de Oliver Stone que se estrena en la Isla la semana próxima'.

Hoy estamos aquí, mañana quizá no… un día la felicidad parece ser infinita y al siguiente la tragedia se encarga de disiparla en un suspiro. Esa fue la certeza que maduró en el actor puertorriqueño Armando Riesco, mientras daba vida al agente de la policía de Nueva York Antonio Rodríguez en World Trade Center, el largometraje de Oliver Stone que este miércoles se estrena a través de Estados Unidos, antes de llegar a Puerto Rico la próxima semana.

Miembro del elenco del filme que se perfila como uno de los más importantes del año, Armando enfrenta el que considera el mayor compromiso en su naciente carrera cinematográfica, cuya génesis se remonta a los días de la adolescencia, como estudiante del Colegio San Ignacio de Loyola, en Río Piedras.

Poco ha cambiado de aquel Mandy -así lo llaman quienes bien lo quieren- flaco y rubión que conocí hace poco más de quince años en las canchas de baloncesto y béisbol de Borinquen Gardens, donde también jugaron sus hermanos Natascha y Alex, acompañados siempre por sus padres Armando y Blanca.

Adulto ya, pero con sus sueños intactos, en sus respuestas aflora el trasunto incuestionable de la crianza que lo acunó y que le sirvió de cauce para navegar a su propio aire, con proa a ese mundo en el que es posible vivir infinidad de vidas por obra y gracia de la actuación.

“Conocer a tanta gente que vivió realmente el desastre del 9-11 y desempeñar el papel de Antonio Rodríguez me recordó primordialmente lo frágil que es nuestra vida”, nos comenta Mandy desde su hogar en Nueva York. "Un día está todo de maravilla y al otro ¡puf! Entonces piensas en lo importante que es vivir cada momento de una manera alegre, en paz con uno mismo y con los otros, dedicándose a lo que verdaderamente se ama."

Sin espacio para la duda, Mandy asevera que la vocación por la actuación le llega por la doble vía de los genes y el ambiente en el que se gestó su niñez, al describirse en esa etapa como “bastante vivo” y “fanático de los chistes”. “Poco a poco me dí cuenta de que de esa manera entretenía a mis amistades”, recuerda. “Eso se abonó al ver a mi papá y a mis primos haciendo cuentos… así aprendí la forma más efectiva de relatar cualquier cosa.”

Sin embargo, antes de soñar con ser actor, Mandy pensaba que sería dueño de un restaurante o un hotel. “Sé que esto suena rarísimo pero eso pensaba”, reconoce. “Cuando tomé una prueba en la escuela superior que supuestamente indicaba las predisposiciones vocacionales, salió que debía ser científico. Desafortunadamente, las ciencias nunca fueron mis clases preferidas. Creo que mis opciones siempre estuvieron limitadas ya que nunca me imaginé sentado detrás de un escritorio o metido en una oficina. Siempre pensé que haría algo que tuviera interacción humana… y ¡qué mejor que actuar!”.


Los fundamentos

Con absoluta certeza, Mandy señala que la infancia fue un periodo vital en su vida, no sin antes calificarla como “fantástica”, con unos padres que “fueron y son un ejemplo magnífico de seres humanos” y gracias a quienes nunca le faltó nada. “Ellos me marcaron de manera indeleble”, asevera. “Gracias a ellos llevo en mí la confianza y fe de que todo saldrá bien. Ambos tienen esa especie de 'columna' por dentro y se esmeraron en crear esas mismas bases en mis hermanos y en mí que tanta falta hacen en la vida.”

Con esos cimientos, Mandy tomó la decisión de probar suerte como histrión gracias a Frank Golden, uno de sus profesores en la escuela superior, quien le sugirió que explorara esa alternativa. “Le hice caso y ya le prometí que si algún día me entregan un Oscar, le voy a dar las gracias a él primero, pero que si me estoy muriendo de hambre y me quedo 'pelao', él también será la primera persona a quien iré a reclamar”, apunta divertido.

En ese camino, reitera que el apoyo de su familia ha sido crucial, especialmente de sus padres, quienes -si bien en algunos momentos le manifestaron sus temores por la incertidumbre que entraña el oficio de actor- nunca lo desalentaron. “Al contarios, mis logros hasta ahora se deben en gran parte al apoyo incondicional que he tenido de ellos”, acota. “Nunca me faltaron de niño y hasta el día de hoy se mantienen constantes. Tengo mucha, mucha suerte.”


El inicio

Con la decisión tomada, Mandy se fue a estudiar a la Universidad de Northwestern, en Chicago -cuyo departamento de teatro le parece “magnífico”- con el paréntesis de una estadía de seis meses en la Universidad de Buenos Aires.

Si bien esa experiencia académica finalizó, considera que un actor nunca deja de aprender y prepararse. “El buen actor es un estudiante de la vida en todo momento”, asevera. “Aprendo y profundizo mis destrezas al mantener interés en el día a día, observando lo que sucede a mi alrededor, analizándome, trabajando… mi maestro de actuación nos inculcó que el buen actor y artista nunca pierde la capacidad de asombro… eso es lo que trato de hacer: jamás dejar de estar sorprendido con la vida.”

La primera gran oportunidad profesional para Mandy llegó precisamente en Chicago, con un papel en la obra de teatro Victory Gardens, experiencia que -asegura- fue vital y también maravillosa. “La ciudad de Chicago es un lugar excelente para comenzar como actor”, afirma. “A diferencia de Nueva York y Los Ángeles, no existe tanta pretensión y la gente trabaja por el gusto de hacerlo y aprender de la experiencia. Hay muchos actores que son tremendos, pero necesitan que se les abra una puerta para poder darse a conocer. Yo tuve la suerte de que hice una obrita que me llevó a otra obra, y ésa a otra, hasta llegar a donde estoy ahora.”


Con Stone y Cage

Respecto a la oportunidad de trabajar en una megaproducción como World Trade Center, Mandy explica que para conseguirla tuvo que acudir a no menos de siete audiciones con Oliver Stone para otros tantos papeles y que a la postre le dieron uno para el que nunca audicionó.

“En mi corta experiencia he notado que mientras más se extiende el proceso de audición, menos son los chances de que acabes con trabajo”, ilustra. “Usualmente uno entra, hace lo suyo y antes de salir por la puerta se tiene una buena idea de si te van a dar el papel o tendrás que seguir buscando otras alternativas. Yo siempre trato de audicionar con mucha confianza… pienso que a veces la confianza y la actitud son tan importantes como la actuación. La cámara la tienes tan cerca que si llegas con miedo, se te nota en los ojos.”

Mandy se había resignado a no conseguir un papel en WTD y hasta comenzaba a olvidarse de la película cuando lo llamaron para decirle que estaba “adentro”. La alegría fue indescriptible y ni en sus mejores fantasías se había preparado para trabajar con un director de la estatura de Oliver Stone y ser parte de un elenco encabezado por Nicolas Cage.

“La experiencia de trabajar con Stone fue increíble”, acota. “Todo director tiene su forma de hacer las cosas. Stone te dice lo que quiere directamente, sin reparos. Al principio tuve que ajustarme, pero creo que su técnica funcionó de maravilla con todo el elenco. Me gusta que 'habla claro', porque hay otros que después de darte indicaciones, te dejan más confundido que cuando comenzaste.”

Asimismo, el privilegio de alternar con Nicolas Cage le dejó una impresión la mar de agradable porque “Cage es buenísima persona”. “Ya he trabajado con él en dos ocasiones y mientras más lo conozco, mejor me cae”, dice. “Me parece fantástico actor y sobre todo trabajador. No se conforma con ser Nicolas Cage y regirse por la ley del menor esfuerzo… en todo momento está cuestionándose, concentrado y buscando la mejor manera de hacer las cosas.”

En las Torres

Como “sobrecogedor e inolvidable” califica Mandy el proceso de filmación anclado a la responsabilidad de revivir la tragedia de aquella infernal mañana de septiembre de hace un lustro. “Pienso que es una película sumamente poderosa”, reflexiona. “En todo momento del rodaje, Will Jimeno, uno de los hombres que verdaderamente estuvo allí, atrapado entre los escombros de las torres, nos relataba a todos cómo fue la experiencia. Sólo con mirarlo después de una toma, uno sabía si había acertado y si se acercaba a la realidad de lo que ocurrió. Esta experiencia me hizo pensar mucho en ese día tan horrible. Me parece sumamente importante que no olvidemos lo que pasó ese 11 de septiembre, especialmente el inmenso espíritu de solidaridad que siguió inmediatamente a la tragedia, mucho antes de que llegara el deseo de venganza… siento que éste es el verdadero enfoque de la película.”

Aquella fatídica mañana, Mandy estaba precisamente en Nueva York y se despertó con la noticia en la radio del impacto del primer avión contra la torre. “Medio dormido todavía, pensé -como muchos- que sólo había sido un accidente... no entendí la gravedad de la situación sino hasta muchas horas después”, recuerda. “Fui a ayudar con unas audiciones y hasta ahí llegó un actor cubierto en polvo. Creo que estando en Nueva York era muy difícil entender lo que estaba sucediendo, y mientras más te acercabas a las torres, más confusa era la situación. La película muestra lo desorientados que estaban los hombres que entraron al rescate. Ni siquiera sabían que un segundo avión se había estrellado cuando entraron a ayudar.”

Ante el curso brillante que ha tomado su carrera, Mandy asevera que trata de no pensar mucho a dónde ha llegado profesionalmente y prefiere concentrarse en lo que está haciendo en el momento y realizarlo de la mejor manera, aprender de los errores y dar gracias todos los días por las oportunidades que se le han presentado.

“No permito que eso me distraiga y tampoco le doy espacio al fantasma de la fama… de hecho, si lo ves por ahí, dile que se cierna sobre mi”, dice en son de broma. “La verdad es que sigo siendo como siempre… hay muy poca diferencia por lo que hago. Mis amigos hoy son los mismos amigos que tenía en la Academia y el Colegio San Ignacio y trato de mantenerlo así. He sentido que cuando las cosas andan bien, es mucho mas fácil que la gente se ría de tus chistes malos. Los que se ríen y te visitan cuando no se te pega 'ni un catarro' son los amigos verdaderos.”

En este mes, Mandy comienza a filmar una serie para CBS titulada 3 LBS, que trata -explica- de las vicisitudes de un grupo de neurocirujanos y neurólogos. “Me parece muy interesante… estoy leyendo varios libros ahora para prepararme y estoy motivadísimo con las posibilidades del programa y los diferentes personajes. El 'piloto' quedó tremendo y CBS ordenó siete episodios adicionales y… ¡se filma en Nueva York!”

Hacia el final de la charla, Mandy asegura que se lleva bastante bien con el Mandy que lleva dentro y que trata de mantenerse al tanto de lo que piensa y siente todos los días para asegurarse de que va “por buen camino”. “A veces me aburro un poco si estoy solo… entonces me voy a un juego de los Mets y me despejo”, apunta. “Con Dios también la llevo bien… aunque hay veces que quiero meterme el ring y darle 'ganchos' como Miguel Cotto, pero siempre que quiero pelear con Él, me dice que Él no quiere pelear conmigo.”

Con muchos sueños realizados, pero con muchos todavía en el apartado de las ilusiones, Mandy confiesa que uno de ellos es “hacer milagros con la mente como los budas del Tibet”. “Pero se me hace difícil porque siempre tengo que aprenderme otro libreto y eso toma demasiado tiempo”, dice con un suspiro. “También sueño con formar una familia… y el primer paso lo tomó en el 2007: me caso. Por lo demás sólo pido salud… he tenido mis problemas y me gustaría librarme por completo de ellos… ¡me gusta pensar que la mente puede ser omnipotente!”